Hay algo que me molesta mucho y creo que no se habla lo suficiente: vivimos en un mundo donde parece que, si no estás produciendo algo, no vales nada. Como profesora de infantil que abandonó este sector por cansancio precisamente a esto, he visto agendas de niños que dan miedo: colegio, actividades extra, clases de inglés, música, deporte… y, si sobra un rato, pantallas para no escuchar sus propias ideas. Todo tiene que “servir para algo”, y eso está mal.
No quiero decir que los niños no deban aprender ni esforzarse, pero hay una diferencia enorme entre educar y formar personas capaces, y enseñarles que solo valen si producen, si rinden, si cumplen metas externas.
Esa idea deja huella y, a cualquier edad… puede ser peligrosa.
La presión por producir desde pequeños
Los niños hoy aprenden muy rápido que su valor está en lo que hacen. Sacas buenas notas y está bien, no tan buenas y aparece la crítica. Te esfuerzas en deportes o música y siempre hay un “podrías hacerlo mejor”. Todo es cumplir expectativas y, si no lo haces, te sientes mal. Eso, aunque nadie lo diga con palabras fuertes, cala.
El problema es que esta presión no desaparece con la infancia. Crecen pensando que descansar es perder el tiempo, que equivocarse es fallar y que parar es rendirse. Esa idea de que siempre hay que estar haciendo algo útil los sigue de adolescentes y adultos. Y lo peor es que no saben qué quieren de verdad, solo saben lo que esperan de ellos.
Muchos llegan a la vida adulta agotados antes de empezar: ansiedad, estrés, miedo a no cumplir, sin disfrutar nada de verdad… todo por una enseñanza que dice: “si no produces, no vales”.
Cuando el “tienes que” supera al “quiero”
Los niños aprenden a obedecer, a cumplir con lo que otros esperan, y así, con los años, no saben qué quieren realmente. Saben lo que da puntos, lo que impresiona, lo que hace que alguien diga “muy bien”… pero no saben qué les mueve a ellos.
Eso se ve muy claro en jóvenes que terminan el instituto o la universidad: muchos no saben qué les gusta, qué quieren hacer, ni cómo disfrutar la vida si no hay metas externas que alcanzar. Han pasado años siguiendo reglas, y ahora no tienen idea de cómo seguir sus propios deseos.
La culpa también aparece: siempre hay culpa por no hacer lo suficiente, por descansar, por equivocarse… Esa culpa es constante y pasa factura. Muchos viven con esa sensación de que nunca llega, de que siempre deberían estar haciendo más. Y la sociedad lo refuerza: si no produces, si no subes fotos mostrando tus logros, parece que no existes.
Padres que saturan los días de sus hijos
Una crítica importante que quiero hacer es hacia muchos padres: llenan los días de sus hijos de actividades para que estén “ocupados”. Pero, ¿para qué? ¿Para que socialicen y aprendan cosas nuevas o para no tener que dedicarles tiempo?
Es fácil ver la diferencia. En el parque, muchos padres están con el móvil o tomando café, mientras sus hijos corren solos o juegan entre ellos. Les dan tablets, móviles o videojuegos para que se entretengan mientras ellos descansan o charlan.
¿Cuántos padres ves realmente jugando con sus hijos en el parque, construyendo momentos juntos, riendo, explicando cosas, acompañando? Cada vez menos. Se buscan actividades externas que llenen la agenda para no enfrentarse a la necesidad real de pasar tiempo con ellos. Los niños aprenden que su valor está en estar ocupados, no en disfrutar, ni en compartir con los adultos que deberían quererlos sin condiciones.
Eso crea un patrón muy claro: la vida no se trata de aprender a vivir, sino de cumplir, producir y ocupar el tiempo. Y cuando crecen, les cuesta detenerse, pensar o disfrutar de verdad. Han aprendido que estar inactivos es fallar. Eso es un problema enorme para la salud mental y emocional.
Efectos psicológicos de esta presión
La presión constante por ser productivo genera consecuencias que se notan desde niños hasta adultos. Entre ellas:
- Culpa constante: Siempre sienten que podrían hacer más. Incluso en momentos de descanso, su mente va a lo que “deberían estar haciendo”.
- Agotamiento: Cansancio físico y emocional por un ritmo que no permite parar ni recuperar energía.
- Pérdida de disfrute: Las cosas que antes eran divertidas o relajantes dejan de serlo, porque siempre hay otra meta que cumplir.
- Valor personal ligado al rendimiento: Aprenden que valen por lo que logran, no por lo que son.
- Comparaciones constantes: Se miden con estándares externos, muchas veces inalcanzables, y eso genera frustración y ansiedad.
- Estado de alerta permanente: La cabeza no descansa nunca, los pensamientos intrusivos aparecen todo el tiempo.
Todo esto lo he visto en niños que no quieren equivocarse, que se frustran con facilidad, que no saben cómo relajarse. Lo veo en adolescentes que viven estresados por cumplir expectativas y en adultos que llevan años con esa sensación de que nunca es suficiente.
Parar y descansar es casi un acto de rebeldía en esta sociedad
Y no me refiero a no hacer nada productivo, sino a darse permiso para estar sin culpa. Dormir, leer por gusto, sentarse a mirar el cielo o caminar sin rumbo. Cosas que parecen simples, pero que muchos no saben hacer sin sentir que están fallando.
El cuerpo también paga: dolores, insomnio, cansancio crónico, irritabilidad… todo está conectado. Todo esto es la reacción perfectamente normal de vivir con una presión constante. Y, como esta presión se aprende desde pequeños, los niños crecen con síntomas que muchas veces se ignoran: problemas de sueño, irritabilidad, dolores sin causa médica, cansancio extremo.
Cuando se normaliza esto, es difícil volver atrás. Muchos adultos se sienten orgullosos de no tener tiempo, de dormir poco, de estar siempre corriendo… pero, a largo plazo, pasa factura.
La creatividad y el tiempo libre están en peligro
Otra consecuencia: todo lo que no tiene un resultado medible o rentable queda en segundo plano. Jugar, imaginar, inventar, dibujar sin finalidad… cada vez tiene menos espacio.
Los niños necesitan jugar, y esto no es una opción. No para aprender algo concreto, sino para descubrirse, probar emociones, aprender relaciones y divertirse. Cuando todo se convierte en actividad organizada, evaluada o dirigida a obtener resultados, el juego pierde sentido, y los niños aprenden muchísimo a través del juego: empatía, socialización, creatividad…
Luego de adultos escucho a mucha gente decir “no soy creativo”, “no sé qué me gusta”, “no tengo hobbies”. Y esto no es porque no puedan, sino porque se les ha enseñado desde muy pequeños que solo lo útil merece su tiempo.
Los padres pagan, en consecuencia, las frustraciones con sus hijos
Muchos padres, sin darse cuenta, pasan sus frustraciones a los hijos. Quieren que tengan más oportunidades, que sean más de lo que ellos fueron, y saturan sus días con actividades.
No está mal querer lo mejor para tus hijos, pero hay una diferencia enorme entre acompañar y controlar, entre estar presentes y llenar agendas para “tenerlos ocupados”. Cada vez menos niños disfrutan de momentos con sus padres, de hablar, de reír juntos, de construir recuerdos.
Una psicóloga de Zaragoza, Soraya Sánchez, dice algo que me parece muy importante: “No hay nada más dañino para un niño que sentir que su valor depende de su rendimiento. Lo que protege la salud mental es sentirse querido sin condiciones”. O sea, que no hay nada más importante para un chiquillo que sentirse querido por quién es… no por lo que sabe hacer, no por la cantidad de cosas que hace en el día. Por quien es.
Replantear la productividad
No se trata de no enseñar esfuerzo ni responsabilidad, se trata de poner límites: que el descanso no sea un lujo, que equivocarse no sea un fracaso, que parar no sea rendirse, que las personas valgan por existir, no por producir.
Hay que enseñarles que está bien equivocarse, que está bien aburrirse, que está bien descansar. Que los logros importan, pero no definen su valor. Y esto no solo es útil para la infancia. Los adultos también necesitamos recordarlo.
Redefinir la productividad puede ser tan simple como pensar: “hoy hago cosas que me importan a mí, no solo lo que esperan de mí”. Y dejar espacio para todo lo demás: relaciones, ocio, descanso. Eso también enseña a los niños a vivir sin ansiedad.
Esto es algo que requiere una reeducación de los padres, no de los hijos
La verdad es que esto no es un problema de los niños, porque, al final, ellos solo siguen el ritmo que les ponemos los adultos. Si les llenamos los días de actividades, tablets y obligaciones para que “estén ocupados”, aprenden que su valor está en rendir y producir, no en disfrutar ni en ser ellos mismos.
Por eso, la reeducación tiene que empezar por nosotros, los padres y sus cuidadores. Tenemos que aprender a acompañar, a estar presentes, a dejar espacios de ocio y de silencio, a aceptar que no todo tiene que tener un objetivo.
Enseñar a parar, a equivocarse, a aburrirse, a jugar y a descansar no es darles permiso para ser vagos, es enseñarles a vivir de forma sana. Si nosotros cambiamos nuestra forma de ver la productividad, ellos aprenderán de ejemplo que su valor no depende de lo que hacen, sino de quienes son.




