La estabilidad es fundamental para mantener un equilibrio mental y emocional. Vivimos en un momento en el que todo va muy rápido. Los cambios se suceden continuamente y no tenemos tiempo de asumirlos cuando ya han pasado de largo. Todo pasa con rapidez menos la crisis de la vivienda. Este tema candente es uno de los que más afectan a la salud mental, debido, entre otras cosas, a que desestabiliza y no permite a muchos de los ciudadanos mantener una estabilidad en su vida, teniendo que andar a la búsqueda de piso por una u otra razón. Sin olvidar que encontrarlo puede convertirse en toda una odisea.
En las últimas décadas, acceder a una vivienda digna es un desafío. La especulación inmobiliaria, la gentrificación y la falta de una regulación adecuada a las circunstancias han derivado en un aumento de los precios de alquiler y compra, dificultando notablemente la estabilidad residencial. Este hecho afecta tanto a la economía como a la calidad de vida y, por supuesto, a la salud mental.
La inestabilidad residencial se relaciona muy estrechamente con el estrés crónico. La incertidumbre ante la posibilidad de perder la vivienda, los desalojos o la imposibilidad de encontrar un lugar en el que poder vivir genera en las personas una constante preocupación que puede terminar en una ansiedad generalizada. Aquellos que viven su día a día bajo estas circunstancias experimentan dificultades a la hora de relajarse, problemas de sueño e inseguridad.
Todos somos conscientes de que la crisis de la vivienda tiene un fuerte impacto psicológico. Buscar vivienda puede convertirse en una experiencia de lo más frustrante, producir desgaste y, en muchas ocasiones, ser desesperanzador. Sin embargo, es fácil pasar por alto que se trata de algo que puede afectar de forma profunda a la psique.
Lo que genera la crisis de la vivienda
Aunque no son psicólogos, sino que se dedican al sector inmobiliario, en NordicWay Real Estate, expertos en viviendas de compraventa y alquiler, saben bien cómo esta crisis en el sector afecta a muchos de sus clientes. Sobre todo, ante la imposibilidad de poder adquirir un inmueble por su elevado coste. La crisis de la vivienda genera ansiedad, estrés e incertidumbre, lo que afecta a la autoestima, la toma de decisiones y la sensación de estabilidad a nivel personal.
Tener dificultades para acceder a una vivienda supone un estrés muy particular debido a que no es puntual, sino sostenido, incierto y con una difícil resolución a corto plazo. Lo que implica que el sistema nervioso se mantenga en un estado de activación constante que se transforma en ansiedad, problemas de sueño, irritabilidad y sensación de bloqueo. Cuando el problema se prolonga en el tiempo, surge una sensación de pérdida de control con el consiguiente impacto emocional.
Una de las consecuencias más visibles es la ansiedad por alquilar un espacio o acceder a una vivienda de forma estable. Esa sensación de no llegar, de que no depende de uno mismo o misma, y de que se haga lo que se haga no es suficiente; invade la mente y produce una enorme frustración. El bucle en el que se convierte la rutina de buscar piso erosiona la motivación y produce un gran desgaste psicológico.
Dentro de este contexto, la autoestima se ve muy afectada, haciendo que un problema externo se vuelva interno y se viva como un fallo personal. En este punto se internaliza el problema, viviéndolo como fracaso personal y aumentando la frustración, la autocrítica y la sensación de quedarse atrás. Lo que conecta de forma directa con otros procesos emocionales más profundos.
Sabemos que tener vivienda no es solo disponer de un espacio físico. Implica también independencia, intimidad y estabilidad. El retraso en acceder a una pospone decisiones vitales que pueden afectar a la relación de pareja, la planificación familiar y la sensación de avanzar en la vida. La sensación que se produce es difícil de gestionar, ya que se siente que se está en pausa mientras el resto avanza.
Para los más jóvenes que buscan la emancipación, el impacto puede resultar más intenso todavía, puesto que la dificultad para abandonar el nido implica seguir en casa de los padres, sensación de dependencia no deseada, pérdida de autonomía o frustración acumulada. En muchos casos asoma la idea de que la vida no empieza, percepción que, mantenida en el tiempo, puede llevar a la depresión.
La crisis de la vivienda va más allá de la economía y otros factores. Cuando una persona trata de solucionar una situación sin éxito, aparece la indefensión aprendida; se llega a un punto en el que se deja de intentar, se reducen las expectativas y se asume que nada va a cambiar. Esto es muy peligroso debido a que no afecta solo a la vivienda, sino a otras áreas de la vida.
Aunque se trata de un problema estructural, el impacto psicológico que genera se puede trabajar. Algunas claves a tener en cuenta son aprender a diferenciar el problema externo del valor personal; identificar el desgaste emocional acumulado; reducir la autoexigencia; recuperar pequeñas áreas de control. Sobre todo, hay que entender algo esencial: no todo lo que pasa depende de uno, pero sí de cómo se procesa.
La solución al problema
Teniendo en cuenta que la situación de no encontrar vivienda genera estrés crónico y ansiedad, podemos llegar a la depresión y la desesperanza. El sentimiento de desesperanza y desamparo se desencadena ante la imposibilidad de acceder a una vivienda de manera estable. A la falta de un espacio seguro y propio, se añade la presión financiera que puede conllevar que las personas se sientan atrapadas en un callejón sin salida. El riesgo de padecer una depresión ante esta situación es mayor a causa de la inestabilidad y la inseguridad generadas.
Como ya hemos comentado, el hogar no es solamente un refugio físico; constituye un elemento clave a la hora de construir la identidad y fomentar la autoestima. Tener dificultades para acceder a una vivienda puede hacer que las personas se sientan fracasadas o incapaces. Estos factores afectan al autoconcepto, ya que, al no poder proporcionar un hogar estable a la familia, deriva en sentimientos de culpa y vergüenza, lo que refuerza esa percepción negativa de uno mismo. Vivir en unas condiciones precarias o de forma temporal hace que las personas se sientan menos valoradas a nivel social, lo que también afecta a la confianza y la seguridad en uno mismo.
Por otro lado, vivir con la necesidad constante de mudarse a causa de un desalojo o el aumento de los costes del alquiler genera desarraigo y mina la autoestima. La falta de un espacio propio y seguro limita la posibilidad de expresarse mediante el entorno, lo que es esencial para mantener un bienestar emocional. Todos estos factores pueden llevar a entrar en un círculo vicioso dentro del que la autoestima se va deteriorando y dificultando la toma de decisiones.
Esta crisis afecta a varios sectores de la población, aunque algunos son especialmente vulnerables, como las personas con bajos ingresos, las familias monoparentales, los adultos mayores y los jóvenes en situación precaria. Para estos grupos en particular, la carencia de vivienda estable puede desembocar en el agravamiento de problemas preexistentes de salud mental, así como producir mayores dificultades en su bienestar general.
Desde la psicología, si los recursos económicos necesarios estuvieran disponibles y se destinaran a cuidar de la salud mental de la población, podría hacerse más de lo que se hace. Lo fundamental es abordar el impacto emocional que supone la crisis de la vivienda mediante estrategias de afrontamiento y apoyo psicosocial o proporcionar terapia individual o grupal con objeto de ayudar a las personas a gestionar el estrés, la ansiedad y la depresión derivadas de la falta de vivienda y la inestabilidad que supone.
Contar con redes de apoyo que refuercen el sentido de pertenencia puede ayudar a mitigar los efectos negativos que genera la incertidumbre en estas situaciones. Trabajar en la promoción de habilidades de afrontamiento y adaptación como la gestión emocional, la resolución de problemas y la toma de decisiones permite que las personas se empoderen y sean capaces de enfrentar mejor la situación y buscar soluciones más eficaces.
No obstante, la solución no depende únicamente de la persona. En este caso es necesaria la proactividad individual, pero también es fundamental una intervención a nivel político, puesto que el acceso a viviendas asequibles depende de ellos.
Son muchas las personas en esta situación precaria. A consecuencia de ello, sienten que no avanzan en su vida, cuando lo que están haciendo es tratar de subsistir en un contexto que dificulta el avance en gran medida. Esto cambia la lectura; no se trata de una falta de esfuerzo o capacidad, se trata de que medimos el progreso personal con reglas que no encajan en la realidad actual. Comprender el impacto psicológico que supone la crisis de la vivienda para la sociedad y para las personas que lo sufren en primera instancia hace posible que se ponga en contexto lo que se siente y se evite cargar con una responsabilidad que, en muchos de los casos, no nos corresponde portar.




