Salud mental en los adolescentes

Uno de los pasos más grandes que ha dado la sociedad actual es el que implica todo lo relacionado con la salud mental, que ha dejado de ser un tabú y algo mal visto. La locura ya no es un problema a esconder ni implica, de hecho, ya no se llama locura, se conoce como enfermedad mental y, como sucede con cualquier enfermedad física, puede tener su correspondiente tratamiento. Los problemas de carácter mental no afectan a un determinado momento de la vida. Es más, a lo largo de la misma existen momentos en los que puede producirse con mayor facilidad, en base a las circunstancias.

En el caso de los adolescentes, puede resultar bastante complicado determinar si lo que padecen es un cambio normal por la edad y todo lo que supone o si se trata de síntomas de una enfermedad. Diferenciar entre los cambios naturales y los síntomas puede resultar de lo más complicado, debido a que ambos se pueden manifestar de forma similar. No obstante, existen algunas pautas a tener en cuenta que pueden ayudar a determinar de qué se trata en realidad.

Las investigaciones más recientes señalan que la mayoría de los trastornos mentales que padecen los jóvenes se producen antes de los veinticinco años. De hecho, casi la mitad aparece antes de los dieciocho y un tercio de ellos, antes de los catorce. De manera que resulta importante tener muy presente que la adolescencia y la juventud son periodos muy críticos en este sentido, a consecuencia de los cambios tan significativos que se producen en el desarrollo cerebral, haciendo que durante estos años los jóvenes sean más vulnerables ante la aparición de los trastornos mentales. Lo bueno de todo esto es, como decimos, que no se trata de un tema tabú y en la actualidad está aceptado que existen los problemas mentales y su correspondiente solución.

Cambios naturales de la adolescencia o síntomas

Conocer lo que se supone natural a lo largo de una etapa como la adolescencia y tener conocimientos sobre los síntomas reales de una enfermedad es la mejor manera de poder determinar lo que padece un joven. Así nos lo explica la psicoterapeuta Florencia Poy, especializada en terapia para adolescentes, entre otros. Los cambios naturales que se producen durante esos años tan complicados que componen la adolescencia son los que siguen a continuación:

  • Emociones fluctuantes. Es muy común en los adolescentes que experimenten altibajos emocionales a consecuencia de los cambios hormonales.
  • Búsqueda de identidad. A menudo exploran diferentes aspectos de su identidad, por lo que pueden cambiar de intereses y grupos de amigos.
  • Deseo de independencia. Quieren más autonomía y se rebelan contra la autoridad buscando su independencia.
  • Cambios en el sueño. Los patrones pueden cambiar; a menudo quieren quedarse más tiempo despiertos y dormir hasta más tarde.
  • Curiosidad por el riesgo. Experimentar con actividades nuevas, algunas arriesgadas, puede formar parte de su desarrollo.

Estos rasgos que a la mayoría nos suenan porque hemos convivido con ellos en primera persona y en segunda, pueden ser complicados, pero pasan y se quedan en eso, rasgos de la personalidad adolescente. Ahora, pasamos a los síntomas de que puede existir alguna enfermedad mental.

Los cambios naturales pueden llegar a convertirse en un problema si se da la persistencia del comportamiento, de la intensidad de los mismos y de cómo afecten a su actividad cotidiana para el desarrollo adaptativo en la sociedad. La duración necesaria de los síntomas para que puedan considerarse para hacer un diagnóstico de enfermedad mental varía en función del tipo de trastorno y la gravedad de los síntomas. Por lo general, deben estar presentes al menos durante seis meses y generar un deterioro significativo en el funcionamiento social, académico y laboral de la persona.

A modo de ejemplo, en el caso de un trastorno de la ansiedad, los síntomas deben durar unos seis meses. En el caso de trastornos depresivos, la persistencia es inferior; basta con dos semanas, siempre y cuando el malestar que produzca sea notable. El porcentaje de trastornos de la personalidad en los más jóvenes equivale a dos o tres por ciento de la población adolescente. No obstante, hay que tener en cuenta que los trastornos se diagnostican en adultos jóvenes y adultos, debido a que los síntomas no son tan evidentes hasta que la persona alcanza la mayoría de edad.

De manera que se puede considerar que existe un problema en los siguientes puntos:

  • Persistencia y severidad. Los síntomas de una enfermedad mental son persistentes y severos, afectando notablemente al día a día; los manuales de psiquiatría apuntan unos seis meses de duración, aunque cuando llegan a la consulta suele haber pasado al menos un año.
  • Aislamiento extremo. No se trata de un deseo de privacidad, sino de un aislamiento profundo y la evitación de la interacción social. Este aspecto hace que el abordaje de la situación resulte más complicado y se favorezca la ayuda ofrecida por profesionales o amigos. En muchas ocasiones, la vergüenza, la dificultad para expresar los sentimientos o la ausencia de una persona de referencia para abrirse contribuyen a ese aislamiento.
  • Cambios drásticos en el comportamiento y el rendimiento. Una caída abrupta en el rendimiento académico, el desinterés por actividades con las que se disfrutaba o un comportamiento impulsivo, irascible e inconsciente.
  • Problemas físicos inexplicables. Los síntomas físicos que persisten sin que exista explicación médica, como el dolor de cabeza o problemas digestivos.
  • Cambios extremos en el sueño y el apetito, como el insomnio severo, dormir en exceso o cambios drásticos en el apetito que llegan a afectar al peso y la salud en general.

Cuando este tipo de comportamientos o síntomas persiste e interfiere de forma significativa en la vida cotidiana, llegando a generar un malestar notable, lo más importante es buscar opinión profesional.

Factores a tener en cuenta

Son varias las situaciones que pueden desembocar y precipitar que se padezca una enfermedad mental en los más jóvenes, como los citados cambios biológicos. La adolescencia y la pubertad conllevan alteraciones hormonales bastante significativas que pueden llegar a afectar al estado anímico y la estabilidad emocional. La presión académica, la demanda escolar o las expectativas sociales pueden llegar a provocar altos niveles de estrés, sobre todo en un momento como la adolescencia, en la que se juega a poder asumir los retos de la edad adulta con el consiguiente aumento de la inseguridad personal. Muchos de estos comportamientos suelen aparecer en los momentos de exámenes, al finalizar el año escolar o cuando se accede a la formación profesional o universitaria.

La constante exposición a las redes sociales que viven los jóvenes en la actualidad puede llevar a que se realicen comparaciones irreales, ciberacoso y adicción a la tecnología. La presión social, es decir, la necesidad de encajar en un grupo social y la presión para conformarse con las normas de los demás compañeros, resultan estresantes. Dentro de la necesaria exploración de la identidad, en búsqueda de la propia, se encuentra un periodo de vulnerabilidad emocional. Los eventos traumáticos como el bullying, la violencia o el abuso pueden dejar secuelas a un nivel psicológico profundo de no ser abordados y tratados de forma adecuada.

Los indicadores que pueden poner en alerta al entorno sobre si un adolescente padece una enfermedad mental son signos que, tenidos en cuenta y observados a tiempo, pueden marcar una gran diferencia en la vida de los jóvenes. Son variados e implican cambios significativos en su comportamiento, el estado de ánimo y el rendimiento académico. Algunos de los más comunes son los siguientes:

  • Cambios en el estado de ánimo con sentimientos persistentes de tristeza, ansiedad, irritabilidad o euforia sin que haya una razón aparente.
  • Problemas de concentración. Dificultad a la hora de concentrarse en las tareas escolares y las actividades cotidianas.
  • Cambios en el sueño y el apetito. Como el insomnio, dormir demasiado, perder o aumentar de forma notable el apetito.
  • Pérdida de interés y falta de motivación en la realización de actividades antes placenteras o importantes. Desinterés en actividades con las que se disfrutaba o para cumplir con las responsabilidades.
  • Problemas físicos. Dolores de cabeza, estómago o síntomas de otra índole sin que exista una razón médica aparente.
  • Problemas académicos. Baja calificación, ausentismo o dificultades para mantenerse organizado.
  • Preocupaciones excesivas como miedos intensos y persistentes sobre situaciones cotidianas. Ansiedad constante, miedo irracional en situaciones cotidianas y comportamientos compulsivos.
  • Aislamiento social, evitando la participación en actividades sociales o pasar mucho tiempo solo.
  • Agresividad o irritabilidad, comportamientos compulsivos, discusiones frecuentes y manifestaciones de ira sin que exista un motivo aparente.
  • Conductas autodestructivas como autolesiones, abuso de sustancias o comportamientos arriesgados.

En definitiva, los jóvenes que se enfrentan a problemas de salud mental lo expresan de diversas maneras, en ocasiones de forma sutil o indirecta. Por lo que prestar atención a su comportamiento, a frases como “me siento abrumado” o “no tengo ganas de hacer nada”, puede ser sinónimo de un problema de salud mental que va más allá de la adolescencia por la que todos tenemos que pasar. Apoyar a estos jóvenes es fundamental para que alcancen su bienestar.

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