El sonido de la vejez

El sonido de la vejez

Cuando llegas a una edad más o menos avanzada es bastante común empezar a tener dolores de espalda y cuello te pongas como te pongas. A veces, cuando me tumbo, me da la sensación de estar en una tabla de madera rígida aunque esté echado sobre un cómodo sofá. Te empiezas a dar cuenta de estas cosas cuando al levantarte de una silla o de la cama emites una especie de gemido involuntario debido al esfuerzo. Es como un “aaaaay”, como un quejido grave que sale desde el fondo de la garganta.

Cuando yo descubrí que estaba empezando a hacer los mismos soniditos que en su día hizo mi padre es cuando empecé a darme cuenta de que estaba mayor. Lo digo en serio, y eso que lo mío es bastante leve comparado con Gregorio,  un excompañero de trabajo y amigo que parece una paloma cada vez que se mueve. ¿No habéis escuchado nunca ese gorjeo que hacen las palomas? Pues mi amigo es igual, así que imaginad el panorama cuando vamos juntos al cine o al teatro y estamos en silencio sepulcral…

No sé por qué cuando nos hacemos mayores empezamos a hacer ruidos pero es ley de vida. Una especie de síntoma de la edad que los médicos no terminan de apostillar como determinante para asegurar que ya te estás haciendo viejo. Pero sí, estoy mayor y, como decía al principio, el dolor de espalda también fue un detonante de este hecho.

Antes podía hacer volteretas y dormir de mala manera sobre una silla rota pero ahora necesito una buena cama, con una almohada suave y una mantita calentita o, de lo contrario, me levanto hecho un siete. La última vez que me quedé enganchado tuve que llamar a mi hija para que viniera al rescate, a ella, a su marido y a mi nieto, porque no había quien me pusiera recto para poder andar. Tuvieron que llevarme medio a rastras hasta el hospital. En la clínica de rehabilitación Páez y Olivo volvieron a ponerme derecho y ahora tengo que llevar un cuidado extremo con todo lo que hago sino quiero volver a acabar hecho una especie de Golum.

La importancia de tener un buen colchón

Una de las primeras cosas que me recomendaron en la clínica fue que me cambiara el colchón. Siempre había oído eso de que es muy importante cambiarlo cada diez años pero ni mi mujer ni yo sabíamos cuánto tiempo teníamos el que estaba en ese momento sobre el somier y tampoco es que antes le hubiéramos dado ninguna importancia. Pero el caso es que, a la luz de los hechos, nos fuimos los dos como unos palurdos intentando encontrar el colchón que más beneficiase a nuestra espalda (y nuestra edad), y digo palurdos porque hay tantos tipos de colchones que aquello de elegir uno era imposible. Para mí es como si me estuvieran hablando en chino y mi mujer tampoco tenía pinta de enterarse de nada porque cada vez abría más los ojos esperando ver algo que se le escapaba por el lateral.

Ahora ya soy todo un especialista y por eso puedo daros algunos consejos. Para empezar os diré que el mejor colchón es el que se hace a medida. WLN Barcelona ofrece este servicio en Cataluña.  No conozco más empresas porque ahí es donde acabé yo haciéndome el mío, pero seguro que tienen que haber más empresas por España así que buscadlas, os aseguro que es la mejor opción, y si no podéis permitiros un colchón a medida o no os atrae mucho la idea os diré lo siguiente:

  • El colchón debe ser de una firmeza media: ni demasiado duro ni demasiado blando
  • El material de la superficie debe adaptarse a las curvaturas de la espalda.
  • Su construcción sebe prestar apoyo a toda la columna, aportando firmeza en las zonas más pesadas como los hombros y las caderas, y cediendo un poco en las zonas más ligeras.
  • Por lo general, los colchones que reúnen todas estas cualidades son los viscoelásticos. Aportan firmeza media y alta adaptabilidad, lo que los hace recomendables para personas que sufren dolores de espalda y viejetes como yo.

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