Perdiendo la memoria

Perdiendo la memoria

Un día te levantas y no te acuerdas de lo que hiciste ayer… ¿fue ayer cuando vinieron mis nietos o no? Luego, otro día, te preguntas mentalmente cuándo tu nieta dejó de tener 5 años para pasar a tener 15 y de pronto empiezas a perder el sentido de la orientación y, a pesar de querer regresar a casa y de saber que estas cerca, no consigues ubicarte. Se llama demencia senil y es una degeneración para la que aún no hay cura.

Decir que la demencia senil es un síndrome es como decir que la nieve es blanca… ya lo sabemos, pero nadie sabe realmente el tacto que tiene hasta que la toca, y nadie sabe lo que es sufrir ese síndrome hasta que lo vive.

Cuando un miembro de tu familia es diagnosticado con este problema todo el mundo se cae poco a poco a tus pies porque sabes, que más tarde o más temprano, acabarás teniendo que ingresarla en una residencia y no por lo que mucha gente piensa, comodidad, sino porque realmente no puedes hacerte cargo de sus necesidades y de la atención que necesita y estará mucho mejor bajo el cuidado de profesionales.

Hoy os voy a contar la historia de Ana, una amiga mí de toda la vida que el año pasado ingresó en Benviure para recibir tratamiento especializado que vio cómo, poco a poco, iba perdiendo la cordura.

Recuerdo perfectamente cuando me llamaba llorando diciendo que no podía contarle lo que le estaba pasando a su marido porque no iba a soportar la pena pero ella sabía que estaba cayendo en picado. A veces olvidaba lo que iba a hacer, otras lo que había hecho o donde estaba y los peores días olvidaba hasta su nombre. Poco a poco empezó a mostrar demasiados signos que hicieron que su familia la obligara a acudir al médico y fue ahí cuando sus temores se hicieron realidad.

Ha estado dos años en casa, con su marido y con las visitas continuas de su hijo y de un profesional del cuidado a domicilio, pero ha llegado un momento en el que no ha sido suficiente y han tenido que recurrir al internamiento.

He ido a verla un par de veces desde que ingresó en Benviure y uno de esos días estaba más lúcida que nunca. Me reconoció enseguida, a mí y a mi mujer, y nos dijo que estaba encantada en Benviure, que había hecho muchos amigos allí y que los médicos y enfermeras son un encanto. Pero eso solo ocurre de vez en cuando y entonces tiene un día maravilloso porque normalmente no reconoce a casi nadie y sonríe sin saber muy bien quién eres.

No es algo vergonzoso

El problema de todo esto es que para la familia es una situación muy complicada porque no puede hacer nada por ayudar al enfermo y tenerlo en casa es, en ocasiones, un sinvivir, pero ingresar a nuestros familiares en centros especializados no siempre está bien visto y aunque, a veces es lo mejor tanto por ellos como por nosotros, es muy difícil tomar esa decisión.

Desde Medroom me gustaría decir a todas esas personas que están pasando por una situación similar que no son malas, que no estamos abandonando a nuestros familiares a su suerte pro buscar ayuda profesional, que a veces no hay mucho más que podamos hacer y es lo mejor para nosotros y para los enfermos. No es algo de lo que debamos avergonzarnos.